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El Camalote: una especie extraña cultivada en Azul

Por Eduardo Luis Farina Profesor Botánica Agrícola II. Facultad de Agronomía UNCPBA

Durante el presente verano se registró por primera vez en Azul la presencia del camalote, especie nativa de la Argentina pero extraña para ésta latitud, que florecieron durante febrero y marzo de 2017. El lugar de localización (donde fueron introducidas), fue en la fuente ubicada en el extremo norte de la oficina de la Administración del Parque Domingo F. Sarmiento, la que en la actualidad es un estanque ornamental que se utiliza para alojar carpas de variedad koi.

En otros estanques del mundo plantas flotantes como el camalote se utilizan para proteger los peces del sol excesivo o bien para favorecer su reproducción ya que sus raíces constituyen un excelente soporte para el desove de especies ovíparas como la “carpa” y un refugio para los alevinos recién nacidos.

La especie pertenece a la Familia Pontederiáceas, su nombre latino es Eichornia crassipes (“Eichornia” en honor de Johann Eichhornn, “crassipes”, significa con pie grueso, en alusión a los pecíolos engrosados)

En castellano comúnmente se lo llama camalote o jacinto de agua, los guaraníes le llamaban aguapé o aguapey. Camalote es un término poco preciso ya que se utiliza para designar a especies del género Eichornia y también del género Pontederia, todos pertenecientes a la Familia Pontederiáceas, pero también en el vocabulario popular se llama camalote a una especie de la familia Gramíneas; el nombre camalotal se aplica a la comunidad vegetal dominada por el camalote.

Hábitat: vive en aguas dulces de las regiones cálidas de toda América. En la República Argentina desde el norte y noreste hasta el Río de la Plata.

Descripción
Hábito de crecimiento: planta acuática flotante, perenne, con un tallo horizontal sumergido (estolón) y raíces negras notables.
Hojas: arrosetadas, de forma arriñonada o redondeada, con un pecíolo casi globoso, lleno de cámaras de aire para favorecer la flotación.
Flores: agrupadas en espigas erguidas, de color azul a celeste, con una mancha amarilla en el tépalo superior.
Fruto: cápsula de alrededor de 1,5 cm.
Multiplicación: por división vegetativa.
Usos: ornamental, se cultiva en estanques, acuarios e invernáculos, la floración se produce a fines de la primavera y verano, más precisamente entre los meses de diciembre y febrero. Éstas plantas no sólo hacen un aporte estético, sino que también contribuyen a mejorar la claridad y calidad del agua, dado que limitan el crecimiento de algas y eliminan el exceso de la materia orgánica, incluyendo los desechos de los peces, el nitrógeno, e incluso los metales pesados como cobre y plomo.
En muchas regiones tropicales del mundo es considerada maleza por su rápida propagación, generando problemas en canales y represas y está incluida en la lista de las 100 especies exóticas invasoras más dañinas del mundo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Curiosidades. La leyenda del camalote

Dicen que antes, en el Río Paraná, no existían los camalotes. Que la tierra era tierra, el agua, agua y las islas, islas. Antes, cuando no habían llegado los españoles y en las orillas del río vivían los guaraníes. Fue en 1526 cuando los hombres de Diego García remontaron lentamente primero el Mar Dulce y después el Paraná, pardo e inquieto como un animal salvaje, a bordo de una carabela y un patache.

El jefe llegaba como Gobernador del río de Solís, pero al llegar a la desembocadura del Carcarañá se encontró con que el cargo ya estaba ocupado por otro marino al servicio de España, Sebastián Gaboto. Durante días discutieron los comandantes en el fuerte Sancti Spiritu, mientras las tropas aprovechaban el entredicho para acostumbrar de nuevo el cuerpo a la tierra firme y recuperar algunas alegrías. Exploraron los alrededores y aprovecharon la hospitalidad guaraní.

Así fue que una joven india se enamoró de un soldado de García. Durante el verano, mientras García y Gaboto abandonaron el fuerte rumbo al interior, ellos se amaron. Que uno no comprendiera el idioma del otro no fue un obstáculo, más bien contribuyó al amor, porque todo era risa y deseo. Nadaron juntos en el río, ella le enseñó la selva y él, el bergantín anclado en la costa; él probó el abatí (maíz en guaraní), el chipá (pancitos elaborados con pancitos de mandioca), las calabazas; ella el amor diferente de un extranjero.

Mientras tanto, las relaciones entre los españoles y los guaraníes se iban desbarrancando. Los indios los habían provisto, los habían ayudado a descargar los barcos y habían trabajado para ellos en la fragua, todo a cambio de hachas de hierro y algunas otras piezas.

Pero los blancos no demostraron saber cumplir los pactos, y humillaron con malos tratos a quienes los habían ayudado a sobrevivir. Hasta que los indios se cansaron de tener huéspedes tan soberbios y una noche incendiaron el fuerte. Los pocos españoles que sobrevivieron se refugiaron en los barcos, donde esperarían el regreso de Gaboto y García.

Después del incendio, el amor entre el soldado y la india se volvió más difícil, más escondido y más triste. Todos los días, en sus citas secretas, ella intentaba retenerlo con sus caricias y sus regalos y, sin embargo, no conseguía más que pulir su recelo. Hasta que llegaron los jefes, se encontraron con la tierra arrasada y decidieron volver a España por donde habían venido. Las semanas de los preparativos fueron muy tristes para la muchacha guaraní, que andaba todo el día por la orilla, medio oculta entre los sauces, esperando ver a su amante aunque sea un momento. Y, como no hubo despedida, la partida en cierto modo la tomó de sorpresa.

Una mañana apenas nublada, cuando llegó hasta el río, vio que los barcos se alejaban. Los miró enfilar hacia el canal profundo y luego navegar, siempre hacia abajo, con sus mástiles enhiestos y sus estandartes al viento. Después de un rato eran ya tan chiquitos que parecía imposible que se llevaran tanto... Y, enseguida, el primer recodo se los tragó. Durante días y días la india lloró sola el abandono: hubiera querido tener una canoa, las alas de una garza, cualquier medio que le permitiera alejarse por el agua, más allá de los verdes bañados de enfrente, llegar allí donde le habían contado que el Paraná se hace tan ancho y tan profundo, para seguir la estela de los barcos y acompañar al culpable de su pena.

Todos sus pensamientos los escucharon los porás (espíritus invisibles vinculados con los animales y las plantas, que pululaban por los ríos y los montes) de la costa, que se los contaron a Tupá (dios de las aguas, lluvia y granizo) y su esposa, dioses del agua. Y una tarde ellos cumplieron su deseo y la convirtieron en camalote. Por fin se alejaba de la orilla, por fin flotaba en el agua fresca y oscura río abajo, como una verde balsa gigantesca, arrastrando consigo troncos, plantas y animales, dando albergue a todos los expulsados de la costa, los eternos viajeros del río.

Y casi cinco siglos después, como si fuese una continuación de aquella leyenda, el espíritu de aquella india parece haber encontrado un destino cierto en las aguas del río Guadiana, en las tierras de sus antiguos conquistadores, Extremadura, donde el "camalote" se ha convertido en un invasor que “ha devorado” el río Guadiana”.

La presencia de la planta en Mérida, Capital de Extremadura se ha convertido en una atracción más para los turistas que se acercan a sus puentes milenarios para ver el espectáculo de un “río casi desaparecido” y formulan la pregunta ¿dónde está el agua?

Fuentes
Héctor Lahitte, Julio Hurrell y otros. 1997. Plantas de la Costa. Editorial L.O.L.A.
https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:100_de_las_especies_ex%C3%B3ticas_invasoras_m%C3%A1s_da%C3%B1inas_del_mundo
http://riie.com.ar/?a=30424
http://www.botanical-online.com/animales/peces_koi.htm
http://www.elmundo.es/ciencia/2015/11/08/563ca0d7268e3eaa1c8b468e.html
 

Publicación: 08/03/2017 a las 00:54 - Última actualización: 08/03/2017 a las 00:54

 

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