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Otra vez por la espalda

Por Claudia Rafael

Se soñaba boxeador o futbolista; entrenaba en un gimnasio todos los días y salía a correr, como devorándose el mundo en un solo respiro.

A los 19 la vida suele ser eso. Y no hay sitio para la muerte, señora lejana y ajena. Que sólo engulle a los otros, a los que se cansaron, a los desconocidos, a los que perdieron en una esquina cualquiera la adrenalina de los días. Pero él no. El estaba intacto y jugaba desde el ring a pegarle un par de puñetazos a la injusticia y al dolor. Y estaba convencido de que podría esquivarle a la historia esos golpes arteros y desmedidos que voltean.
La última fotografía de Lucas espeja las ganas de vivir. La sonrisa de labios carnosos y la rosa de pétalos intensamente rojos entre los dedos, el pelo revuelto que asoma por debajo de la gorrita visera, la cadena con un corazón plateado sobre el torso desnudo y el arito en la oreja izquierda lo muestran en esa eterna y plena juventud en que los disparos de la escopeta 12.70 lo dejaron anclado para siempre. Sin mañana. 19 años perennes, recién estrenados hace menos de un mes. Como un perpetuo Peter Pan atrapado en ese no-mundo de los pibes caídos.
Lucas Rotella vivía en una casita con techo a dos aguas en el Barrio Aeroclub de Baradero. A unas cinco cuadras de la plaza Colón, iba y venía por las callecitas de tierra y empezaba a tomarle el gusto a esa moto que su hermano le acababa de regalar. Ese hermano que estaba por estrenarlo de tío y que lo llenaba de sueños de solo imaginar que en poco tiempo tendría un bebé entre sus brazos musculosos para malcriar.
Su vida entera transcurrió en Baradero, ese pueblo de 33.000 habitantes que ya sabe de muertes jóvenes. La moto en las noches lo impregnaba de ese vientito tenue de las madrugadas de verano. Igual que al “Portu” y a la Giuli hace menos de un año. Es extraño. O tal vez no. Sin saberlo siquiera, el Portu, Miguel Portugal, y Lucas tenían en común una cosa: la risa. Dicen los pibes de la escuela técnica que el Portu era el pibe más feliz que jamás hubieran conocido. Y que Giuliana se aferraba a la vida porque el amor, a los 16, es eterno y no hay murallas que se interpongan.
Las ocho balas que entraron por la espalda al cuerpo de Lucas Rotella no tiene otra explicación que la impunidad y el poder de decidir como dioses omnipotentes quién vive y quién muere. Cuando el intendente de Baradero dijo a los medios que “nadie puede establecer las razones que llevaron a este policía a terminar con la vida de este joven” hay demasiada historia que queda a la deriva. ¿Acaso tan pronto sepultó los nombres de la Giuli y el Portu? ¿Olvidó o no supo de los días truncados de Franco Almirón y Mauricio Ramos? ¿No escuchó quizás de la geografía acribillada de Mariano Ferreyra? ¿Es tan volatil la memoria que las vidas de los pibes no cuentan y quedan arrinconados en el país del desamor y el desdén?
“La policía me tiró”, fueron las últimas palabras amontonadas y sin respiro de Lucas. “Tenía un pulmón partido, todos los intestinos destrozados por la bala de plomo”, contó Miguel, el papá. Que trató de aferrarlo a la vida sin entender lo que ocurría con su cachorro y viendo cómo se le escabullía de sus brazos para siempre, ahí mismo, en la puerta de su casa.
Culpable por ser joven. Por estar lleno de vida. Por subirse a una moto y sentir miedo de que se la quiten en un simple control de tránsito. Culpable por cruzarse una madrugada con Gonzalo Kapp, policía investigado desde Asuntos Internos por abuso de autoridad. Culpable por no saber que ese mismo policía había amenazado meses antes con su arma reglamentaria a un grupo de pibes en una fiesta de egresados y a pesar de todo seguía en la Bonaerense. Culpable por estar vivo. Por creer que no hay armas capaces de derribar a la adolescencia.
La crueldad suele desnudarse abruptamente. Aterriza en el territorio de la ternura y la destroza en un par de segundos. Y roza con sus brazos feroces a otros pibes. A los que quedan. A la misma hija de Kapp que -describió la prensa- llegó hasta el entierro de Lucas y dijo: “Lo que hizo mi papá es un desastre y no me gustaría que me culpen a mí”.
No hay regreso de la muerte violenta. No es posible. No hay modo alguno de entender ese despojo cruento que en tan solo un instante permitió que la mano absurda del poder se llevara otra semilla de vida. ¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla, pero qué injustamente arrebatada!”, diría Miguel Hernández cuando veía cegado a Federico de su saliva.
Lucas es Franco, es Mauricio, es el Portu y la Giuli. Lucas es Luciano, es Mariano, es Diego y es Walter. Lucas es uno y miles barridos del fango y de los días. Lucas es un pibe menos en medio de tantos otros que se está devorando injusta y sistémicamente la perversidad

Publicación: 18/02/2011 a las 03:29 - Última actualización: 18/02/2011 a las 03:29

 

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