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Antonia de los Milagros

Por Claudia Rafael

Quién sabe en qué pensaron cuando le asestaron ese nombre virginal y poderoso, como si fuera una diosa predestinada a transformar dolores y mutar enfermedades en caricias. Tiene 13 y una sonrisa que se despliega con un par de oyuelos en las puntas. Y un manojo de pecas que la aniñan aún más. Su cabello rojizo y tumultuoso la distingue en el montón.

Parece que tuviera 9 por las marcas de la desnutrición ya hecha genética. Pero piensa y habla como una mujercita adulta que mueve su cuerpo y sus piernas con la certeza de quien podría, si tan solo la dejaran. Podría mundo, podría historia, podría sueños. Pero la arrinconaron a otros días, los de los que cargan mochilas tan pesadas que a veces los hombros se encogen y sólo hay lugar para la tristeza.
Cuando Antonia de los Milagros nació llegó a la vida en un pueblecito sin margen para el bullicio. Dicen que fue un virus intrahospitalario el que casi le cuesta la existencia pero una fortaleza intrínseca la hizo aullar hasta retener la vida. Tal vez por eso el nombre. Pero ella no lo sabe o quizás ni le importa siquiera.
Después la casa se fue poblando de otros cachorros, el pueblecito quedó atrás y dio paso a la villa superpoblada y al chaperío eterno. Sin agua, sin cloacas, sin luz. Con los pasillos a la mano y la intimidad violentada a cada rato.
Antonia de los Milagros es una en la estadística. Un informe de Javier Auyero concluye que la tercera parte de los alumnos de escuelas primarias del primer cordón del Conurbano tiene a algún familiar cercano en la cárcel. Ahí está ella. Incólumne ante tanto terremoto que cada tanto parece moverle el suelo entero de sus días. Antonia de los Milagros, mamacita tierna, niña empujada a ser madre de su ramillete de hermanos que le fueron llegando a la vida desde el vientre de su propia madre.
Una vez cada tanto carga con la hermanita de 4 y la de 7 y se va con la abuela a visitar a su mamá y la siente lejos, como si ya no le perteneciera después de tanta reja que las divide. Y deambula eternamente entre el enojo y el amor.
La madre pertenece a ese 4 por ciento de mujeres entre 18 y 44 años en las cárceles bonaerenses. Su vida entera es una estadística. Está englobada en el 13 por ciento que no terminó la escuela secundaria. Y también a ese cincuenta y pico por ciento que no tenía empleo al momento de su detención.
La estadística de sus días no se queda ahí. Es una más entre ese 70 por ciento que no tiene sentencia judicial. Ella seguramente no lo sabe -y menos aún le importa- que los trabajos académicos la caracterizan como presa social. Es decir, “pobre, desocupada o semiocupada, que vive en condiciones de riesgo social, sin salud, sin cobertura social” y etcétera, etcétera, etcétera.
Víctima inconciente de ese pactum ad excudendum del que hablaba Alessandro Baratta. Un “pacto para excluir, un pacto entre una minoría de iguales que excluyó de la ciudadanía a todos los que eran diferentes. Un pacto de propietarios, blancos, hombres y adultos para excluir y dominar a individuos pertenecientes a otras etnias, mujeres, pobres y, sobre todo, ´niños´”.
Un pacto que la arrinconó a la nada eterna desde sus berreos más ancestrales y que después la transportó -desde ese carácter selectivo y exclusor- al dos por tres de un calabozo sucio y maloliente.
Antonia de los Milagros -igual que su madre- no sabe ni sabrá quién fue Baratta y menos aún de esa tesitura que plantea la existencia de una ciudadanía privilegio de los grupos dominantes que deciden con su estoica arbitrariedad quiénes serán los agraciados de la historia.
Ya hablaba Max Weber a inicios del siglo pasado de los requerimientos obedientes en la conducta humana para que los poderes políticamente dominantes se mantengan en su dominio. Mucho antes, el pastor penalista Benjamin Rush había hablado de las máquinas de la República, en referencia a esas maquinarias disciplinadoras destinadas a modelar a propia imagen y semejanza a los descarriados de la sociedad.
Antonia de los Milagros es un cóctel raro de niña-mujer. Que en las noches se levanta ante el respiro entrecortado de alguno de los críos, cambia algún pañal y después se vuelve a la cama compartida. Por las mañanas se levanta cansada pero sonríe. Siempre sonríe. Derrama vida en su mirada. Los sismos de su historia no son capaces de vencer a muerte a la ternura. Ella a veces espera que las aguas turbulentas diluyan el chaperío y se lleven lejos, muy lejos el martirio que tozudamente se empeña en anteponerse a su figura.
Eso sí. Cuando todos duermen, mira a un lado y a otro, espía por la ventanuca y el corazón le cabalga tempestuoso. Después cierra los ojos e imagina que su mamá asoma desde el ángulo del pasillo, ahí nomás del ranchito de enfrente.
 

Publicación: 10/06/2011 a las 00:33 - Última actualización: 10/06/2011 a las 00:33

 

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